Domingo
Faustino Sarmiento nació en San Juan el 15 de
febrero de 1811. Fue un docente, periodista, político, escritor, filósofo, pedagogo,
estadista y militar; gobernador de la Provincia de San Juan entre 1862 y 1864 y
presidente de la Nación Argentina entre 1868 y 1874. Murió en Asunción del
paraguay el 11 de septiembre de 1888
Sarmiento
es una de las figuras más conocidas de la historia nacional, y no por nada.
Como
gobernador de San Juan, a poco de asumir impuso en toda la provincia la
enseñanza primaria obligatoria y creó escuelas para los diferentes niveles de
educación, entre ellas, una de las más grandes del país para mil alumnos, el
Colegio Nacional de San Juan, y la Escuela de Señoritas, para la formación de
maestras.
Y durante
su presidencia fundó unas 800 escuelas en todo el país, la Facultad de Ciencias
Exactas, el Observatorio Nacional de Córdoba y los institutos militares (Liceo
Naval y Colegio Militar). Hasta aquí todo muy Billiken…
Pero la
figura de Sarmiento no está exenta de polémicas. Por un lado hay quienes se refieren a Sarmiento como el `Padre de la
educación argentina’. Muchas veces, se trata de formadores de opinión y funcionarios,
que se arrogan el título de `herederos’ o `continuadores’ de la obra sarmientina.
Por el otro, Se alzan voces contra el `endiosamiento de alguien cuya figura
debe ser tema de discusión ya mismo’, y aseguran poder `llenar libros con
aspectos inaceptables’ de su figura. Estas voces exhortan a juzgar a Sarmiento
`desde el punto de vista del ser humano y de la ética, tribunal supremo
indiscutible’.
Las
críticas se dirigen hacia sus expresiones discriminatorias y racistas; el afán
de importar modelos foráneos a la realidad argentina y su excesiva tendencia a
la utilización de la violencia política. Sarmiento pensaba que, los indios, los
gauchos y los criollos de los pueblos del interior no servían para la
construcción de un país “moderno e industrializado”. Impulsó y defendió la
matanza de miles de indios y gauchos. Y sostuvo que la Argentina sólo avanzaría
si promovía la inmigración europea y se educaba a las nuevas generaciones copiando
las escuelas norteamericanas.
Por otro
lado, resulta imposible soslayar que la actuación de Sarmiento en el ámbito
educativo se caracterizó por un despliegue fenomenal de medidas inclusivas. Sarmiento
jamás propuso escuelas diferenciales para mujeres y varones, negros y blancos,
ricos y pobres. Su lucha fue por la creación y expansión de la escuela común.
Las
iniciativas de Sarmiento fueron las que permitieron que la Argentina entrara al
siglo XX con uno de los índices de analfabetismo más bajos el mundo. Sabiendo
que existen estos dos polos, creo que lo más sensato es mirar a Sarmiento como
un hombre de su tiempo, muy contradictorio, no sólo por sus frases, sino por sus acciones, que incluyen políticas
públicas tanto elogiables como repudiables.
Para
contextualizar a este “hombre de su tiempo” hay que recordar que vivió en su
totalidad la larga guerra civil argentina, que arrancó pocos años después de la Declaración de la Independencia
en 1816 (Sarmiento nació en 1811), y termina en 1880 ( Sarmiento murió en
1888), con el triunfo y la consolidación de un modelo de libre comercio con el
que la Argentina se convertía en una mera exportadora de materias primas.
A nivel
internacional, la madurez intelectual de Sarmiento coincidió con el surgimiento de las teorías de la evolución
en las ciencias naturales y la nefasta extrapolación de ellas hacia las ciencias sociales, con lo que se
conoció como Darwinismo Social, una teoría económico-social que prácticamente sostenía
que la compasión hacia todo aquello que no se asociara a la acumulación de
riquezas para el desarrollo industrial ,era pecado.
No aclaro
este contexto para justificar o relativizar aquellas posturas de Sarmiento que
considero erróneas, sino para señalar que para criticar a Sarmiento, debemos
aprender a criticar toda una época. Debemos superarla. Y me pregunto, ¿la hemos
superado? ¿Podemos decir que nuestras riquezas han dejado de ir a manos
extranjeras cuando hoy las grandes compañías mineras internacionales destruyen
nuestros glaciares y envenenan nuestras aguas para extraer oro y sacarlo del
país casi sin pagar impuestos? ¿Podemos decirlo cuando las agroempresas tiran
abajo bosques enteros para sembrar cultivos destinados a la exportación,
mientras en la Argentina 4 de cada 10 personas pasan hambre? ¿Podemos decir que
se ha dejado atrás el desamparo de los sectores menos privilegiados cuando, con
la excusa de no alejar las inversiones provenientes de los países desarrollados,
se prioriza el pago de la deuda externa
en vez de destinar esos fondos para incrementar el presupuesto de salud y
educación pública? Ámbitos estos tan abandonados que hoy en la Argentina en los
últimos 20 años el analfabetismo ha venido creciendo y vuelven a aparecer con
fuerza enfermedades como la tuberculosis el mal de Chagas y el dengue.
Pido
disculpas a quién sienta que dejé un poco de lado lo referido a la actividad
docente de Sarmiento y su labor educativa. Pero no quería dejar pasar la
oportunidad de utilizar a este docente tan particular para reflexionar acerca
de la importancia de lo que se dice al educar, pero también de lo que no se
suele decir. Ya que el sistema educativo no está aislado del resto de las cosas
que pasan en un país. Ya que no se puede dar una buena educación sin pensar en
el país en el que se la dicta, pero al
mismo tiempo, no se pueda pensar un buen país si no se piensa en utilizar la
educación para transformarlo
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