Ahora Sísifo nada en el río, ha atado la piedra a su espalda, Conocedor,
aunque sea intuitivamente, del principio de Arquímedes, sabe que la
piedra resulta más liviana estando debajo del agua, y lamenta la
inevitable necesidad de salir a tomar aire. Siente cómo en esos
momentos, la corriente lo arrastra más fuertemente, desandando sus
progresos, alejándolo cada vez más de la naciente del río, llevándolo
hacia la desembocadura, que él imagina inminente pero tampoco llega
nunca.
Pero ama al río: en él, su ceguera no parece tan trágica, pues bajo el agua, inmerso en ella, puede sentirla con cada ápice de su cuerpo, y puede leer el río -sus corrientes, sus remolinos, sus remansos - y encontrar aquellos puntos que menor resistencia ofrecen a su avance. Por eso, también es feliz cuando el río se ensancha, pues el agua se reparte al deber ocupar un nuevo ancho, y su velocidad disminuye.
Pero ama al río: en él, su ceguera no parece tan trágica, pues bajo el agua, inmerso en ella, puede sentirla con cada ápice de su cuerpo, y puede leer el río -sus corrientes, sus remolinos, sus remansos - y encontrar aquellos puntos que menor resistencia ofrecen a su avance. Por eso, también es feliz cuando el río se ensancha, pues el agua se reparte al deber ocupar un nuevo ancho, y su velocidad disminuye.
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